Sunday, November 05, 2006

Entrevista a Ramón J. Velásquez



Fotografía: Ramón J. Velásquez. Caracas, 2005. Fuente: Quinto día, Caracas, septiembre 30, 2005, p. 100

Fragmento de una entrevista inédita concedida a
Manuel E. Carrero e Ildefonso Méndez Salcedo.
Trascripción: Ildefonso Méndez Salcedo.

Para comenzar esta conversación nos gustaría que se refiriera a sus primeros años de vida, sus antepasados, sus padres, la ciudad donde nació y otros recuerdos que tenga al respecto.

Yo nací en Colón, en el sitio donde está hoy la Casa de la Cultura “Pedro Antonio Ríos Reyna”.

¿En qué año?


El año 16.

Es curioso que en algunos libros donde figuran noticias sobre su vida no haya coincidencia al registrar su año de nacimiento. Hay confusión al respecto. Unos dicen que Usted nació en 1917 y otros en 1918.

Hay dos documentos que lo prueban: la fe de bautismo, que me ha mostrado el párroco de la iglesia en dos visitas y la partida de nacimiento que ha sido publicada varias veces. Allí consta que mi nacimiento fue el 28 de noviembre de 1916.

¿Qué recuerdos tiene de su niñez?

Yo recuerdo que a mi casa siempre iba mucha gente, porque mi Mamá era la directora de la Escuela Ayacucho de Colón y entonces venían las maestras, las discípulas. Me quedó la impresión de unas calles muy anchas. Esa ciudad fue trazada, siendo la última de las ciudades del Táchira, con gran influencia del grupo inmigrante italiano que llegó a finales del siglo pasado [XIX], los Laviosa, los Costa, los Paolini. Entonces el trazado ya no fue el español. Eran centenares, miles, las recuas que venían a traer el café de Rubio, de Santa Ana, de San Cristóbal a Colón. Ahí lo embarcaban en el ferrocarril que existía desde fines del siglo pasado [XIX] en la estación cercana, de San Félix, hasta Encontrados. Era el ferrocarril del Táchira, el Gran Ferrocarril como lo llamaban. Nosotros vivíamos en el centro de la ciudad y era mucho el movimiento comercial, era constante la llegada de recuas. Colón llegó a ser junto con Rubio una ciudad económicamente más importante que San Cristóbal. Esa situación va a empezar a decaer el año 1925 cuando Gómez inaugura la carrera Transandina. Entonces gran parte del tráfico hacia el centro del país y hacia el exterior desde el Táchira, que se hacía obligatoriamente por Maracaibo empieza a desviarse por la Transandina hacia Puerto Cabello. Así empezó un proceso que trajo la decadencia de Colón, lo que ya se veía para finales de los año 30 y comienzos de los 40. No volvió nadie. Las grandes casas de comercio quebraron, la gente se fue a San Cristóbal, otros se marcharon a Maracaibo o a Caracas. Los Colmenares, los Laviosa, emigraron. Yo estuve de visita el año 40 y pude ver grandes casas desocupadas. Colón vuelve a renacer el año 52 cuando Pérez Jiménez traza la Panamericana.

¿Su familia ya se había trasladado a San Cristóbal?

Sí. Nos trasladamos el año 20, pero siempre íbamos a Colón. Porque hacen a Mamá directora de la Escuela Federal Graduada “Bustamante” y mi Papá va a ser director del Instituto Municipal de Educación. Entonces, empieza nuestra vida en San Cristóbal. Allí inicié mis estudios. Vivíamos en una casa que quedaba frente a lo que hoy es el Club Táchira, en la carrera séptima, donde está la torre del Banco Unión. Era una casa inmensa, con un gran salón, que no sé porque los dueños lo habían hecho, y ahí estuvo el Salón de Lectura hasta que Abel Santos en 1926 logró que el general Gómez construyera el primer edificio para el Salón de Lectura, que no es el actual, sino otro que quedaba en la carrera quinta.

Usted se formó en un ambiente intelectual muy grato estimulado por sus padres.

Yo he dicho que nací entre una escuela y una imprenta. ¿Por qué? La escuela donde estaba el Salón de Lectura y cuatro años más tarde, Papá que había sido el año 1912 en Rubio fundador de una revista que se llamó Centauro con un intelectual llamado Miguel Sánchez, y por el mismo año tenía José Sánchez, padre de Monseñor Carlos Sánchez Espejo un periódico semanal llamado El Aldeano, en el que trabajó Ramón Velásquez como redactor. Papá se vino a San Cristóbal, se casó con Mamá, se fueron a Colón y de allí el Ministerio lo trasladó a San Cristóbal. Doña Regina de Velásquez figura como directora de la Escuela Federal Graduada “Bustamante” y un día el Obispo funda el Seminario y designa a Papá profesor de latín y raíces griegas. ¿Por qué? Porque Papá se había formado en el Seminario de los eudistas franceses y había hecho hasta seminario mayor. De tal manera que tenía una formación en latín, en griego, en prosodia. El Obispo Tomás Antonio Sanmiguel, el primer Obispo del Táchira, funda el Seminario y nombra un profesor seglar, laico, que es Ramón Velásquez. Ellos eran muy amigos, entonces decide, el Obispo, crear un periódico, el Diario Católico, lo funda un sacerdote muy importante de apellido Rodríguez que se va luego a Estados Unidos y no vuelve, y entonces Monseñor Sanmiguel hace que Don Ramón Velásquez sea director-redactor del periódico. Y así como la imprenta funcionaba en el palacio, cerca de la escuela donde trabajaba mi Mamá, yo estaba entre la escuela y la imprenta. Al poco tiempo el doctor Carlos Rangel Lamus le propone a Papá que sea subdirector del Liceo Simón Bolívar. Y así Papá llega a ser director-redactor de Diario Católico y subdirector del Liceo Simón Bolívar. Y Doña Regina figura como directora de la principal escuela del Táchira, la “Bustamante”. De tal manera que cuando yo me veo estoy corrigiendo pruebas y leyendo textos. Por otra parte, a esto hay que agregar que siempre Papá me hacía leer una hora, que le leyese, libros que él escogía y que yo no entendía, porque eran clásicos españoles y clásicos latinoamericanos.

Tenemos entendido que los antepasados de su padre también eran gente notable, gente de estudio y de lecturas.

Don Valentín Velásquez Arvelo, abuelo de él, era un personaje barinés, de los Arvelo de Barinas, se casó en Valencia con Doña Marta Peña. Era un hombre de grandes posibilidades sociales, vino la Guerra Federal y como él era conservador. Ese es el momento de la dispersión de la sociedad de Barinas. Unos se van a Trujillo, los Márquez; otros se van a Mérida, los Febres Cordero; un grupo se va al Táchira, que son los Pulido, los Baldó, los Bazó, los Inchauspe; y otro grupo numeroso cruza la frontera, sube por el Casanare hasta la sabana de Bogotá y se instalan allí, varias familias. Don Valentín va en ese grupo, marcha con lo que ha salvado, adquiere propiedades en la sabana de Bogotá, entre los hijos que llevaba, estaba uno de dieciséis años, que se llamaba Juan Jacobo Velásquez Peña, que estudia en Bogotá, se gradúa de ingeniero en la universidad republicana, que desapareció después, y entonces se viene con Solón Güinchez al departamento de Santander porque iban a hacer el ferrocarril de Bucaramanga al Magdalena; entonces, hacen la obra, pero son los años de las grandes explotaciones de quina, en los bosques, la corteza de la quina, que tenía un altísimo precio, eso lo exportaban a Europa, a Alemania, y entonces él se mueve en la olla del río Sogamoso donde se explotaba la quina, allí lo pica una culebra y se muere. El se ha casado en Girón con Vicenta Ordóñez Mantilla, que queda viuda con dos hijos, uno llamado Francisco que era el protegido por un hermano de ella, que era sacerdote, llamado Gustavo Severo Ordóñez y cuando el niño, que lo han educado, tiene ya once años, lo mandan al seminario con una beca del tío, a Pamplona, allí estudia, se forma y ya cuando está en el seminario mayor, hecho todo el curso, conversa con el rector del seminario, quien le dice: “Mire, Velásquez por su manera de pensar independiente, por su duda sobre la fe, Usted no cree en el dogma, Usted tendría frustraciones como sacerdote, Usted tiene una excelente formación, yo no le aconsejo que se esfuerce, en Usted hay dudas permanentes sobre las verdades inspiradas”. Y entonces, él le responde: “Así es”. ¿Y qué va a hacer? “Voy a ver qué pasa” y entonces, me contaba que el día que se fue a despedir del rector le dijo: “Bueno, mis verdaderas raíces son las de Bogotá, pero yo me voy a Venezuela” y entonces se marcha y se aparece en Rubio donde con la formación que tenía es maestro y trabaja en los periódicos locales y funda una revista; de ahí pasa a Capacho y luego a San Cristóbal, en donde conoce a la señorita Regina Mujica y se casa, protegidos por un gran personaje que sin ser pedagogo estimuló toda la educación y la cultura, que se llamaba Ramón Buenahora. Ahora, doña Regina era hija de don José María Mujica y de doña Rufina Acevedo; él era de El Socorro, de donde llegó hacia el año 65 del siglo pasado [XIX] y se casó con doña Rufina, en San Cristóbal, donde nació doña Regina, cerca de donde es hoy la plaza Urdaneta, la forman muy bien, y gran parte de su educación está en manos de una educadora colombiana muy famosa llamada Amalia Serrano de Vargas en el Colegio Corazón de Jesús en donde fueron sus profesores Abel Santos y Pedro María Morantes, Pío Gil. Después un hermano de ella, nacido en San Cristóbal, figura joven, notable, la mandó a Curazao a estudiar en un colegio famoso, donde se aprendía a tocar piano, francés y todas esas cosas. Don José María era un factor comercial muy importante de la Casa Alemana, de la Botica Alemana; enfermó, lo mandaron a Alemania para que lo vieran los médicos y murió en Berlín. De tal manera que cuando la señorita Regina sale del colegio ya tiene que enfrentarse a la lucha, sin su protector que era José María y cuatro hermanos jóvenes, que habían muerto; cuatro cadáveres salieron un día de la casa por la fiebre amarilla a fines del siglo pasado [XIX], me contaba ella. Muertos ellos, don Ramón Buenahora y otro hombre muy importante llamado Nepomuceno Sánchez la encargaron de una escuela. Por eso cuando yo era reportero el año 43, y fui a Miraflores y le dije al Presidente Medina quién era, me preguntó: “¿Entonces Usted es hijo de la señorita Regina? Sí señor, le respondí. Ella me enseñó las letras”. Esa fue una generación formada por José Abel Montilla, Luis Eduardo Montilla, Isaías Medina y otros, unos diez niños, a quien ella le enseñó las primeras letras.

Usted tuvo el privilegio de tener a sus maestros en su propia casa, tanto su padre como su madre. Algo que ha debido influir mucho en su formación.

Sí. Y otra cosa. A mi casa iba, de tarde o de noche, el Obispo Sanmiguel a conversar. Iba el doctor Gonzalo Vargas, médico eminente. Iba otro médico, muy amigo de Papá, llamado Cazón Rivera. Un editor merideño, que fue el editor de varios periódicos importantes durante mucho tiempo, un hombre muy culto pero que nunca escribió, que se llamaba Carlos Rodríguez Zerpa. Ese venía mucho a mi casa. A veces también venía el general Aurelio Amaya, un hombre muy interesante, muy culto, que le gustaba conversar, un caudillo, cuidaba mucho la educación de sus hijas que las educó Mamá.

¿Cómo llega el Salón de Lectura a tener sede en su casa?

Yo creo que eso fue un hecho. Todo ese grupo, y entre ellos Papá y doña Regina, eran devotos del Salón de Lectura. Los padrinos de los hijos de Guerrero Lossada eran Papá y Mamá, entonces eran compadres. Y se instaló el Salón allí, en mi casa.

¿Usted recuerda que se haya hablado de política en el Salón de Lectura? ¿Se estaba en contra o a favor del gobierno?

Bueno, cómo no. No les cortaron la luz una vez y tuvo Guerrero Lossada que alumbrarse con velas. Nadie le pagaba y entonces se puso a cultivar para comer, para poder subsistir y mantener el Salón, y en el corral de su casa en La Ermita se puso a sembrar zanahoria, lechuga y puso un puesto en el mercado de legumbres. Una vez un doctor lo abordó con la siguiente propuesta: “El general Eustoquio Gómez un día de estos va a acabar con esto. ¿Por qué no vendemos los libros? Yo le compro una parte”. Y Guerrero le respondió: “De aquí no me saca nadie”. Pero era porque no se le cobraba el alquiler, lo que pagaba era la luz y subsistir él. Era todo un personaje.

¿Qué nos puede decir del Liceo Simón Bolívar de esa época?

Yo estudié en el Liceo hasta el tercer año, porque don Carlos Rangel Lamus nos echó. La historia es sencilla. Querían colocar el retrato del Presidente del Estado en el Liceo. Era en los últimos años de Gómez. Yo no quería. Entonces, nos valimos de lo siguiente. Mandamos una carta diciendo que el Presidente del Estado no era más que un leal intérprete de la política educativa del general Gómez y que si se ponía allí el retrato del Presidente del Estado debíamos inaugurar la estatua de Gómez. Y como la maniobra era su firmeza antigomecista, porque decían que el general Losada podía en un momento dado ser la cabeza de una reacción contra Gómez. Poner el retrato del Presidente del Estado podía hacer quedar mal al Liceo, que en ese momento había adquirido un nombre, tenía un futuro. Ya estaba cerca la muerte de Gómez. Entonces mandamos esa carta. Total, no pusieron el retrato del Presidente del Estado, pero me acusaron ante el Presidente del Estado.

¿Usted fungía de líder?

Bueno, sí. Éramos un grupo muy activo. Teníamos la Asociación de Estudiantes del Táchira. Tuvimos una revista llamada Nautilus. Teníamos conferencias. Recuerdo a varios compañeros: Rafael Pinzón, que cuando yo iba a entrar al primer año de bachillerato, él salía para Mérida, un estudiante brillante; Ramón Eduardo Sansón, médico cardiólogo; Luis Eduardo Moncada, un gran jurista; Antonio Pérez Vivas, un hombre de gran capacidad; Miguel Moreno, que fue secretario de la Junta Militar; Gabriel Barrera Moncada, eminente pediatra; Simón Becerra, que fue Ministro de Educación y Embajador en España; Abraham Ramírez González, un médico excelente y brillante escritor; Ricardo González, que fue Presidente del Congreso; Carlos Luis González, eminente médico.

¿Y los profesores?

Bueno mire, sin tener la carrera de profesores eran hombres dedicados a su oficio por amor a la educación no por el sueldo, pues el sueldo era de 75 bolívares. Carlos Rangel Lamus, quien era director del liceo; Ramón Velásquez, enseñaba Preceptiva literarria, Latín y Raíces Griegas; Roberto Villasmil, médico de La Sorbona, enseñaba Biología; José Duarte, graduado de arquitecto en EE UU, explicaba Geometría y Álgebra; Buenaventura Jaimes, de la Universidad Nacional de Colombia, profesor de Historia; Luis Eduardo Mantilla, médico, en Química.

¿Y el Dr. Antonio Rómulo Costa?

Don Antonio había sido profesor de la generación anterior. Él formó a Carlos Rangel Lamus. Esa fue la generación de Tulio Chiossone y Raúl Soulé. Cuando nosotros llegamos ya era director Carlos Rangel Lamus, quien fue discípulo de Antonio Rómulo Costa.

¿Qué nos puede decir de las revistas Antena y Mástil? ¿Usted tuvo que ver con estas publicaciones?

Nosotros las fundamos. Pero, mire, hay dos cosas. Estando en segundo año de bachillerato dicto una conferencia que luego transformé en mi tesis de bachillerato, El Táchira y su proceso evolutivo. A esas conferencias iba toda la ciudad, eran promovidas por la Asociación de Estudiantes del Táchira y se realizaban en el liceo los domingos a las 11 de la mañana. Rangel nos decía: “Ustedes tienen que prepararse para el país que viene, hay que aprender a hablar en la tribuna, hay que aprender a polemizar” y nos obligaba los viernes a reunirnos en sesiones; se escogía un tema que uno tenía que desarrollar y a la siguiente sesión otro criticaba, es decir hacía el análisis del tema. Eso por una parte. Pero también había las conferencias. Así, yo dicto mi conferencia, y entonces, el Presidente de Estado que fue a la conferencia, general González, se paró de donde estaba allá y se vino hasta donde yo estaba y me abrazó, y en el periódico oficial salió una nota sobre la conferencia. Como a los tres días se apareció un hombre joven en casa y me dijo: “Yo lo ando buscando a Usted, yo me llamo Humberto Spinetti Dini, soy abogado, me gradué en Roma y me vine a ejercer aquí, pero quiero fundar un periódico, tengo la imprenta, la traje, y yo quiero que Usted sea el jefe de redacción del periódico, que se va a llamar El Nacional”. Yo le dije que sí.

¿Cuántos años tenía Usted?

Tendría, 15 años. Yo le dije que sí. Y se fundó el periódico, El Nacional. Oíamos las noticias por radio desde Bogotá. Era el primer periódico con noticias internacionales al día. Yo escribía. A los quince días me llaman: “Usted no puede figurar ahí. ¿Por qué? Porque Usted es menor de edad”. A todas éstas, llega a San Cristóbal un personaje, estupendo, don Antonio Quintero García, de La Grita. Se había ido muy joven. El hombre fue a dar a Rusia, a París, a Londres, a México y llegó de vuelta. Era un tipo con una maleta y libros y un catre. ¿Por qué me hice yo amigo de él? No sé.

¿Le llevaba mucha edad a Usted?

Sí, era un hombre de más de 35 años. Conversábamos mucho. Yo hice que se integraran Miguel Moreno y Simón Becerra, después Jorge Murillo y Manuel Osorio Velasco. Y entonces aquello se constituyó en una peña. ¿Por qué? Porque nos leía la poesía de la generación del 27, española, a García Lorca, Alberti. Nos leía una publicación española que se llamaba Gaceta literaria. Nos leía unas cuantas revistas, Amauta, de Mariátegui, el peruano, mezclado eso con la poesía de Mistral, páginas de Unamuno. Aquello era un Ateneo.

¿Es decir, que aquel hombre les trajo novedades?

Sí. Nos trajo una buena parte de la novelística rusa: Hillary Burk, Gorki y otros autores. Estas obras las conocimos por él. Entonces, llevamos a Pedro Romero Garrido, un gran escritor merideño, y decidimos fundar una revista llamada Mástil. Al liceo había llegado otro promotor de cultura, un tipo de nuestra edad, pero venido de Caracas, con una información sobre el movimiento vanguardista y de la revolución literaria española, llamado Ciro Urdaneta Bravo. Nos hicimos como hermanos. Entonces, Ciro iba, eso era como de contrabando, que Carlos Rangel Lamus no se enterara, sacaba la revista, Mástil; un colombiano, de apellido Ramírez, se puso a hacer los primeros clisés, unos eran grabados en madera, siluetas y otros copiados, un procedimiento muy rudimentario, pero así salió esa revista. Sale Mástil y firman Ramón Velásquez y Ciro Urdaneta y se forma el vainón. Carlos Rangel Lamus me dijo de todo: ¡vanidoso, ignorante, de todo! ¡Que yo no cuidada mi nombre!

¿Su padre que le dijo?

Nada. Nunca me dijo nada.

Pero Mástil era una revista literaria ¿Ustedes se metían con el gobierno?

No nos metíamos con nadie. Aunque una forma de meterse con el gobierno era hablar de los grandes autores: Ortega y Gasset, Unamuno, Mariátegui, Waldo Frank, esa era una manera. Si el país estaba secuestrado. Entonces, nos reunimos y decidimos que Pedro Romero Garrido, que era el secretario privado del Presidente del Estado, asumiera la dirección y le cambiamos el nombre, de Mástil pasó a llamarse Antena. Y el editorial comenzaba: “Todo Mástil es también una Antena”. Y salieron varios números. Allí se estrenó como cuentista Anselmo Amado.


1 Comments:

Blogger Sonofotlon said...

felicitaciones, me intereso su blog y espero que siga adelante.

11:14 AM  

Post a Comment

<< Home