Thursday, January 18, 2007

Algunas páginas del escritor

SAN CRISTÓBAL

Si no fuera este alegre cielo mío
y este apacible y plácido tempero
que marca sin cesar mi derrotero
con puntos suspensivos de rocío.

Si no fuera la lluvia y el estío
y el verdor de este valle verdadero
que lleva al pecho su mejor lucero
y al cinto siempre su invencible río.

Si no fuera esta luz y esta neblina
que le pone turbante a la colina
para que entre en la noche misteriosa.

Dímelo tú no más: ¿de qué manera
tendería a tus pies esta pradera
y el corazón también como una rosa?

Fuente: Pedro Pablo Paredes. Gavilla de lumbres. 3a. ed. San Cristóbal: Editorial “Virgen de la Consolación”, 2000, p. 83.


LA CIUDAD CONTIGO

La ciudad, contigo, es una
nueva ciudad. Va la brisa
cantando. Sale la luna
cantando. Llevan su prisa
las aguas ya sin ninguna
prisa, por entrañar, sola,
tu imagen. La ciudad suelta
sus pájaros. Y enarbola
su afán de ser –cual tú– esbelta
llama, dulzura, corola.


RÍO

Al fondo del Valle. Espejo
de la ciudad, de ti. Acaso,
va en sus aguas gozo viejo
y afán nuevo… Paso a paso,
pone bajo su reflejo
el cielo en lo alto del día,
la colina, la alborada,
y el pájaro. Y la alegría
con que enciende tu mirada
la perfecta compañía.

Fuente: Pedro Pablo Paredes, Breve antología en verso. 2a. ed. San Cristóbal: Gobernación del Estado Táchira, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 2000, pp. 57 y 65.

EL TORBES
Mi amiga y yo, desde el balcón, nos hemos quedado mirando el Torbes. Apenas movemos los labios. Nos entendemos mejor con el silencio. Ella ama, tanto como yo, este paisaje.

El aire de enero está absolutamente límpido. Tiemblan, acariciadas por él, las lontananzas. Las colinas, tanto hacia Zorca como hacia el Tamá, destacan nítidos sus perfiles. Los árboles parecen todos tocados, poseídos por el mismo júbilo. Entre unos y otros, tendiendo el hilo invisible del trino, pasan arrebatados los pájaros. Brígida y yo, abstraídos, miramos pasar el Torbes.

El Torbes, estos días, parece también, como el año, recién nacido. Pasa y pasa, siempre cantando. Entonándole, más bien, a la ciudad, como el más fiel de sus enamorados, su inagotable “madrigal de agua”. Ostenta ahora su más grata limpidez. Cuando lo miramos, tornando los ojos hacia la vecina Táriba, brilla, traspasado de blancura. Centra, de meandro en meandro, el valle todo. Lava los pies de los bucares; refresca el afán de las alfarerías; entraña las nubes supremas; y se lleva, como el más esbelto recuerdo, la silueta de esa garza que lo ve pasar, pensativa, clavada en el agua sobre una sola pata.

EL HUMO DEL ALFAR

Solemos conversar, tanto por la mañana como por el mediodía, así por la tarde como por la noche, frente al Torbes; teniendo, más allá del agua apacible, los verdes de Zorca. Estos, siempre distintos y siempre los mismos, nos apaciguan.

De los alfares ribereños, lo que más nos place es el humo. Sale sin descanso de las oscuras chimeneas, aire arriba, cielo arriba, en variables volutas. Estas volutas se destacan, perfectamente grises, sobre el verde del fondo. Brígida, viéndolas, piensa en el genio de las fábulas, que brota de su redoma a satisfacer los más exquisitos deseos. Yo, en cambio, evoco la danzarina que se retuerce en el aire, echa las manos al cielo, entrecierra los ojos y va abandonando los siete velos de la leyenda.

Brígida calla; callo asimismo yo. El humo del alfar vale por todos los coloquios. Y, desde luego, por todas las evocaciones. A toda hora lo vemos, con Zorca al fondo, escalar su cielo siempre de “sacro azul irresistible”.

LA NIEBLA

Se han sucedido hoy, una tras otra, las lloviznas. Lloviznas suaves, tenues, delicadas, que le han velado la faz a la ciudad. Entre una y otra, ha insistido en esplender el sol. Extraordinaria frescura flota, trémula, dondequiera que posamos los ojos.

Al caer la tarde, me he encontrado con Brígida. Hemos recorrido, juntos, gran parte de la ciudad. Sólo por contemplar, desde los mejores ángulos, la niebla. Esta ha descendido, lenta y espesa, por las faldas de Pirineos; del otro lado, por las colinas de Zorca; y ha cerrado, casi por completo, las lontananzas del sur y del norte.

Nosotros, de repente, le tendemos la vista al Tamá. Las montañas, por allí, nos ofrecen espectáculo perfecto. Oscuras al ras del horizonte, de azul pizarroso contra el otro azul más claro del cielo, están ceñidas a la altura del talle, como doncellas de fábula, por la gasa inconsútil. Esta es cada vez más limpia: blanca de toda blancura. Tal vez para contrastar, lo mejor posible, con la noche que se aproxima. Toda la ciudad, pues, se nos presenta transformada por la hora crepuscular en la “aldea en la niebla” de quien, tan bien, nos habló el poeta.

Fuente: Pedro Pablo Paredes, La ciudad contigo. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1984, pp. 13-14, 46-47 y 66-67.


ALDEA EN LA NIEBLA

Los que conocieron primero la tierra, presintiendo la ciudad que sobre ella sería, la llamaron, de un solo golpe de efecto, Zorca. El lugar sería llamado, un poco más tarde, Valle de Santiago. Sobre él, en su centro y ya en tercera instancia, pararía sus andanzas el fundador. Le correspondió al Capitán Juan Maldonado y Ordóñez de Villaquirán, castellano, ordenar los primeros cimientos. Poner a nadar, más bien, la Villa de San Cristóbal. Valle y Villa, hechos el uno para la otra, enfrentan desde entonces el destino. Cuando acertó a venir el cronista, justificó al torero y justificó al fundador. Halló la tierra – Valle y Villa– tan “de alegre cielo como de apacible temple”. Otra manera, no menos poética, de nombrarla. Otra manera de quererla.

La Plaza Mayor, hoy Plaza de Maldonado, centró las edificaciones primeras. Ubicó y asentó los primeros vecinos. Inspiró las ocupaciones de los primeros días. Estos, naturalmente, comenzaron a correr. Y, corriendo que corrían, la villa primera fue creciendo, creciendo. Fue, digamos, tomando posesión de la tierra. Moviéndose, como quien dice, hacia los costados oriental y septentrional. Se multiplicaron las calles; tuvo nuevas carreras; aparecieron callejones insospechados; hubo otras plazas y otros templos. Si hubiera resucitado el Capitán Maldonado, de pronto, si de pronto hubiera regresado el cronista, ninguno de los dos hubiera reconocido la Villa. De Villa niña o moza que había sido, había pasado a ser, ya, mujer. Hecha y derecha. Tan hermosa como la conoció el tororo. Tan esbelta como la moldearon los primeros vecinos. Con un signo, eso sí, que le vino de nación. El encanto natural que suele ostentar toda belleza. La gente lo ha llamado, con acierto, cordialidad.

Andando los años –los siglos– le nació a la tierra, al valle, a la villa, a la ciudad, el Poeta. El Poeta, como no podía ser menos, sintió, desde los momentos iniciales, el encanto del ambiente. Debió embelesarlo, más de una vez, el asordinado madrigal del Torbes, la fidelidad con que la niebla baja sobre la ciudad, se detiene sobre ella, se aleja, desaparece, vuelve, le pone bufanda contra el frío, le ciñe las sienes de inconsútil turbante; la gracia con que la cantan, sin cesar, todos sus pájaros; la perseverancia con que la mima, apasionada de veras, la luz; el júbilo que pone la brisa, todos los días, en esculpirla de nuevo. Debió asombrarlo, también, la agilidad con que la ciudad, segura de lo que hacía, escalaba sus colinas y hacía suya todas sus mesetas. Siempre al amparo de su “alegre cielo”; siempre bajo la conducción de su “apacible temple”. Siempre en pie de cordialidad. ¿Qué es más en ella, debió preguntarse en silencio el Poeta, su hermosura o su gracia, la belleza cambiante de la tierra o el misterioso hechizo del espíritu?

De momento, no debió poder responderse el propio Poeta. Estemos seguros de ello. Pero, un día entre los días, “se la fue sacando de su propio ser”. La fue descubriendo, como había hecho el tororo antiguo, dentro de su propia sensibilidad. La fue, como el famoso castellano, fundando para todos nosotros. Pacientemente; fervorosísimamente. Verso por verso y poema por poema. Y, como en toda fundación verdadera, el Poeta comenzó por nombrarla. Como tantos que le habían precedido, la reconoció radicalmente bella. Sin vacilar, pues, de un solo golpe de corazón también, le puso nombre “alto, sonoro y significativo”. La llamó Aldea en la Niebla.

La más humilde de las palabras, aldea, tomó, de repente y por obra de gracia del genio lírico, categoría suprema. Tanto, que, hoy por hoy, no sabemos determinar si fue que creó al sólo nombrar; o fue que, al revés, nombró al sólo crear. Con ese hecho estético el Poeta, tal vez sin conciencia cabal de lo que quería decirnos, nos dijo que “la dicha consiste en quedarse aquí para siempre”. De entonces acá, viendo crecer y crecer la ciudad, nos hemos olvidado de que pudo llamarse Zorca. Nos hemos olvidado de que, en principio, fue Villa. Nos hemos olvidado, casi del todo, de que pervive bajo la advocación del viejo santo –el pasado– que cruza el río sólo por poner el niño –el porvenir– que lleva en el hombro en la orilla. Es que en nuestra Aldea en la Niebla sigue rumoreando el Torbes; jugueteando la brisa; pintando jardines la luz; pasando y tornando a pasar la niebla; cantando sin término “los pájaros en la tarde”.

Si el Poeta, como querían los griegos, pudiera escaparse del Hades, siquiera por un instante, no caería del asombro. El, que nunca creyó en otra aldea, que nunca soñó en otro cielo, que nunca pensó en otra tierra, tendría que volver a descubrirse la ciudad nativa. Cuan larga es: desde Las Lomas hasta La Concordia. Cuan ancha es hoy: desde la orilla del Torbes hasta las cimas de Pirineos. Con muchas más calles, con muchos edificios y templos, con muchas más gentes de todas clases. Pero siempre, eso sí, con su “alegre cielo” y con su “apacible temple”. Cada vez más grande y más honda en el corazón de todos. Mejor dicho: cada vez más cordial. Y comprobaría, para su más íntimo júbilo, que el principal fundador ha sido él mismo. Porque, a pesar de desarrollos y crecimientos insospechados, la ciudad sigue siendo, Aldea en la Niebla, que es eterna. Una “ciudad de siempre”.

Fuente: Pedro Pablo Paredes, Pueblos del Táchira. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1982, pp. 129-131.

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